I.
ADVIENTO: LA ESPERANZA NOS ABRE A LOS HERMANOS
En medio de una crisis como la que estamos viviendo uno de los mayores
peligros es perder la esperanza; cuando en una sociedad se pierde la esperanza,
todo corre el riesgo de resquebrajarse y degradarse. El ser humano necesita la
esperanza como necesita el aire para respirar. Es en la esperanza viva donde se
encuentran las fuerzas y el ánimo para construir la fraternidad propia del Reino que nos ha sido prometido como
realización de la felicidad esperada.
Desde una perspectiva cristiana se puede decir que creer en Jesucristo
es, precisamente, descubrir en él la esperanza última que anima la existencia
humana. De ahí que la Iglesia, quiere anunciar el evangelio de Jesús, está
llamada a ser “la comunidad de la esperanza” y su primera tarea es saber
despertarla en medio del mundo. Hoy podemos decir que el mejor servicio que
hace la caridad cristiana al mundo es el
de poder avivar, levantar y despertar en aquéllos que la han perdido. Fue lo
que hizo Jesús cuando le pedían señales de identidad: “id y decidle a Juan lo
que estáis viendo oyendo… los ciegos,
los cojos, los pobres… vuelven a la esperanza y confían”.
El adviento es un tiempo que nos invita a renovar y avivar la esperanza
como Iglesia. La escucha de la Palabra de Dios en este tiempo será un aliciente
que nos puede ayudar a recuperar algunos rasgos vivos para abrir caminos de
esperanza.
Ante los temores provocados por la desfundamentación, por la pérdida del
principio y fundamento, y ahí está la fuente de la esperanza… necesitamos tener
y avivar una:
- Esperanza lúcida y vigilante: Frente a una
cultura y un modo de vivir
desfundamentado, sin fuentes ni principios para la razón del sentido y el porqué de la historia y de la fraternidad
como utopía, podemos dar razón de nuestra esperanza. Jesús lo hizo de un modo
existencial, desde lo concreto de Nazaret supo vivir en los sentimientos de
Padre y su proyecto de vida enraizó su voluntad en unos niveles tales que él
mismo se ha convertido en piedra angular paro todos nosotros. Aprendió a mirar
la realidad con pasión y afecto, de una forma lúcida y vigilante. Hoy se
necesitan personas que sepan mirar desde la luz que escudriña la realidad para
saber discernir y distinguir los caminos de la bondad y la justicia de toda ambigüedad
y cizaña que pueda habitarla. Nos toca ser profetas y vigías para que nada de
lo sencillo, de lo humano y lo cotidiano se escape. Hoy necesitamos de Nazaret
– taller de lo profundo en lo sencillo- en medio del mundo para contemplar y
comunicar lo contemplado y ser así voz, incluso de los que no la tienen, pero a
quien el Padre se la dado sin duda, en la Palabra hecha carne.
- Esperanza inconformista y creativa: el evangelio es
claro, la salvación no está en el pasado, ni la plenitud es volver al paraíso
del comienzo, sino a la plenitud del futuro, a donde se llega con la
inconformidad y la creatividad. Lo sabemos, desde el humanismo cristiano, de
esta crisis se sale volviendo a como estábamos antes, eso es una falacia y
además no nos conviene. Hoy creemos que se puede ser más con menos, que se
puede trabajar menos para poder trabajar todos, que un consumo felicitante y
que puede haber hasta una economía que dé vida. Pero falta el reto
de creer que donde está nuestro tesoro está nuestro corazón y que eso supone
poner la dignidad de lo humano en el centro del corazón y de las aspiraciones
de nuestro ser y quehacer en la historia. Nos sabemos llamados a una vocación,
que más allá de los estados clásicos de vida, nos interpela por un estado de
vida que sea profético y que muestre, desde la inconformidad, la creatividad de
un estilo de vida alternativo en lo personal y lo comunitario, capaz de
trascender la miopía de una seguridad
insana que excluye y divide en la explotación de la desconfianza y la
desesperanza. Ahora es el momento para las opciones y los compromisos, desde lo
diario y lo ordinario, que proclaman que estamos saliendo de la indiferencia y
apostando por la alternancia de un modo de vivir que felicitante sin cadenas,
marcado por la fraternidad que da señales de que otro mundo es posible.
- Esperanza compartida y solidaria: Los cristianos no
nos podemos permitir ser seres del pesimismo. Hay un proyecto de Reino que nos
empuja y que cada día se está haciendo creíble en multitud de signos. Ya son
muchos ciegos los que ven, cojos que andan, pobres que se alegran y eso nos
alienta en el proceso de lo que esperamos. No hay salvación individual, la
clave de la resurrección no tiene vuelta atrás: resucitará todo el hombre,
todos los hombres, con toda la creación. Ahora sólo toca
compartir y caminar juntos. Hacer caminos de ilusión y de esperanza. Nos toca
construir señales de lo comunitario, incluso allí donde el hombre parece más
destrozado y desesperado, lugares de marginación fijada y continua; Creemos en
la posibilidad de estructuras sociales, políticas, económicas, culturales que
sirvan a la vida y al pueblo, y que desde ahí generen una verdadera esperanza y
el deseo de una vida feliz y compartida entre los hombres, donde la felicidad y
la realización no se divida ni se reste, sino que se sume y se multiplique como
los panes y los peces del evangelio.
- Esperanza enraizada en Cristo: Pero todo esto no
podremos hacerlo sin el agua de la vida, sin conocer el Don de Dios, sin saber
quién es el que nos pide de beber porque quiere darnos el agua de vida y hacer
de nuestro corazón “una fuente que salte hasta la vida eterna” en la que puedan
beber todos los que se acerquen. Jesús es para nosotros fundamento y principio
de la esperanza plena. En Él se nos ha mostrado por dónde vienen la verdad, el
camino y la luz. Jesús de Nazaret que supo vivir en medio del pueblo pobre,
andar por todos sus caminos, encontrarse con toda la gente, acompañando,
comiendo el mismo pan y bebiendo el mismo vino, Él que supo crear ambientes de
calor para el amor y la confianza serena y fraterna.
Hoy el adviento que genera esperanza ha de transitar
ésos mismos caminos con ésas mismas claves:
Bajar al dolor del
mundo.
Encender pequeños
fuegos que den cobijo y calor.
Apostar por lo
comunitario: fomentar experiencias de encuentro y relación.
Defender a los humillados y ofendidos.
a) El ESPÍRITU Y LA MÍSTICA DEL ADVIENTO
-
Esperar es soñar: el sueño como símbolo
de la utopía, es un instrumento de Dios para construir la historia de la
salvación. Dios hace soñar a los hombres y en el sueño se hace promesa de que
será posible lo que parece imposible: serás padre de un pueblo, seréis un
pueblo, tendréis una tierra, seréis libres…En el corazón del Dios Padre
encontraremos la vida eterna que nadie nos podrá arrebatar. Hemos sido hechos
para volar a lo más alto, para ser libres sin límites, para vivir por encima de
la muerte. Dios nos ha querido, soñado hijos suyos eternamente.
- Esperar es anhelar: Anhelar es abrirse
a la búsqueda de un horizonte para caminar, de una inquietud para vivir, de un
cimiento para apoyarse, de un lugar para identificarse, de mares para navegar.
Permanecer es morir; pero salir, andar, caminar en búsqueda inquieta de quien
quieres ser y hacerse, eso es vivir. El
proceso es imparable y la humanidad, cansada de permanecer quieta, se siente
agonizante. Así en cada uno de sus suspiros anhela volver a la fuente del agua
de la vida, al espíritu, a la creación inquietante de de un amanecer que
anuncia las alegrías de lo
verdaderamente humano. No podemos
renunciar al anhelo del absoluto, porque sólo en él podemos descansar con este
corazón inquieto que nos golpea y empuja al nuevo día, al octavo de la
resurrección y la vida.
- Esperar es caminar en el amor: El camino es
infinito, millones de años de creación y siglos de historia, pero la huella de
lo más humano es cercana y hogareña, vivimos
desde las cosas de cada día. Todo es amor y lo que no lo es no es de
ningún modo, queda en pura apariencia y tiene sus días contados en el regreso
sin futuro ni esperanza; sólo el amor permanece, todo lo demás que se genera
con desamor –la injusticia, la desigualdad, la soledad, la opresión…- aunque
hoy se lleve los aplausos de un éxito aparente, no tiene verdad ni fondo, caerá
como dice el evangelio como la casa sin cimientos cuando el viento de lo
auténtico sople y quede manifiesto todo lo que era pura apariencia. El amor
genera esperanza y es esperanza, engendrada en el amor, no quedará defraudada.
- Esperar es inquietarse: Inquietud viva,
horizonte abierto… ¡sin ti no soy nada! Como el sarmiento arrojado de la vid,
como el trillo en la era abandonado, como la noria que acabó fija sin dar
vueltas… Inquietud, sin ti no somos nada. Sí, allí estás tú,
inquieta, inmortal, imperecedera, aunque nosotros hayamos perdido, entre los
matorrales de lo falso y de las prisas, la vereda que llevaba a la fuente de
los que nos dieron la vida, la vereda de la verdad que se encuentra caminando,
aun en la vejez, sin perder las raíces abriéndose en la altura de un cielo y en
la inmensidad de los mares. En la vereda y en el camino se esconde la
respuesta; veredas con sus fuentes y su luz nos guían al paraíso de lo
auténtico y de lo original y, del mismo modo, nos iluminan a lo singular de lo
divino en lo humano y de lo humano en lo divino.
b) LA IGLESIA QUE ALIMENTA LA ESPERANZA
El Papa
Francisco está marcando, frente a la
realidad sufriente y doliente del pecado, que provoca la desesperanza, una
línea de evangelio que quiere ser referente de la verdadera esperanza,
fundamentada en la buena notica del Evangelio de Jesucristo. En cada momento
nos va mostrando, con gestos y palabras, la necesidad de ser fieles a
Jesucristo, nos recuerda que Él es la Buena Noticia que debe acaparar todo
nuestro anuncio.
Retos para la Iglesia:
- Una Iglesia afectada: “Prefiero una Iglesia accidentada
por salir que enferma por encerrarse”. No es más rico el que más tiene, ni el que
más sabe, ni el que más puede… sino el que más siente: “donde está tu tesoro,
allí está tu corazón” (Mt 6,21). Se trata de ser fiel a lo que Dios ha hecho en
Jesucristo; en Él no encontramos a un hombre poderoso –un niño envuelto en
pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,12)- ni sabio según el mundo –decían:
¿no es éste el hijo del carpintero? Mt 13,55- y mucho menos, rico – no tenía
dónde reclinar la cabeza Lc 9,58-. Lo que sí encontramos es a un Dios humanado
que es compasivo y misericordioso, que anda por los caminos y se deja afectar
por todos, especialmente por los más débiles, y se une a ellos en cuerpo y
alma: Lo que hicisteis a uno de éstos a mí me lo hicisteis, Mt 25,40. Hoy, como nunca, el mundo, la sociedad y los alejados necesitan una
iglesia afectada, con sensibilidad profunda y auténtica, éste es el verdadero
tesoro que llevamos en vasos de barro para que los demás puedan beber consuelo
y esperanza
- Una Iglesia arriesgada: “Que no nos venza el miedo y el
pesimismo, tentaciones del maligno”. La salvación y la realización eclesial –
su misión- no llegan por la seguridad, sino por el riesgo de la entrega: “El
que quiera ganar su vida la perderá y el que esté dispuesto a perderla la
ganará” Mc 8,35. Jesús lo tiene claro: la persona y la comunidad cristiana se
realiza y se enriquece cuando se abre y arriesga sin miedo para realizar los
deseos y sueños más profundos y comprometidos. Jesús hizo de su vida un
proyecto arriesgado y así lo mostró sin engaño: “El que quiera seguirme que se
niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” Lc 9,24.
La persona y la comunidad cristiana se realizan y enriquecen cuando se
abren y arriesgan sin miedo para realizar los deseos y sueños más profundos y
comprometidos. “La Iglesia es enviada a despertar esta esperanza en todas partes,
especialmente donde es ahogada por condiciones existenciales difíciles, a veces
inhumanas, donde la esperanza no respira, se sofoca. Necesitamos el oxígeno del
Evangelio, el soplo del Espíritu de
Cristo Resucitado, que vuelva a encender los corazones. La Iglesia es la casa
en la que las puertas están siempre abiertas no sólo para que todos puedan
encontrar acogida y respirar amor y esperanza, sino para que nosotros podamos
salir para llevar este amor y esta esperanza. El Espíritu Sano nos empuja a
salir de nuestro recinto y nos guía hasta las periferias de la humanidad” (Papa
francisco, 15-10-2013).
- Una Iglesia generosa y gratuita: “Deseo una Iglesia
pobre y para los pobres”. Vencer la tentación de la posesión como elemento de
seguridad es condición básica para poder vivir lo comunitario y ser
comprometidos. La seguridad de la institución, del número, del poder –“Di que
estas piedras se conviertan en pan” Mt 4,3- pueden matar la auténtica vocación
y grandeza de la Iglesia y llevarse así lo mejor de sus sueños; en especial, la
dimensión comunitaria, fraterna y la capacidad de compromiso. La generosidad,
como clave eclesial, enriquece y lleva a la plenitud su realidad sacramental.
- Una Iglesia que busca el verdadero reconocimiento: “Somos príncipes,
pero príncipes del crucificado”. El
éxito, que se presenta seductor y atrayente en el mundo, puede ser el mayor
obstáculo para llegar a la verdadera y profunda alegría eclesial, que se gesta
en la coherencia de lo auténtico y lo original. “No tentarás al Señor tu Dios”
“Tírate hacia abajo: mandaré a mis ángeles para que no tropieces y todos te
reconocerán” Mt 4,6-7.
Siempre va a haber llamadas más fuertes y seductoras que las del
servicio y la entrega, pero no por eso más verdaderas y profundas. El
reconocimiento a la Iglesia no puede venir por una defensa de la institución y
sus tradiciones, sino por una vuelta a la fuente original del Evangelio,
dejándonos purificar y transformar por él.
- Una Iglesia que sirve: “Que el servicio sea nuestro
poder”. Sacerdotes, obispos o Papa, sin Cristo, y éste crucificado no somos
nada. Hay claves de autoridad que dan vida. Son aquellas a las que se accede
desde un compromiso de servicio; cuando no es así, se cae en la tiranía aunque
se revista de respaldo de mayoría o de dogmas religiosos. Caer en la tentación
del poder fuera del servicio acaba anulando al que lo ejerce o al que lo sufre.
“El que quiera ser el primero que sea el último
y el que quiera ser el jefe que sea el servidor de todos” Mc 10,35…Hoy,
como nunca, necesitamos una Iglesia que tenga y use de verdadera autoridad, al
estilo de Jesús. Una Iglesia que genere en su seno personas que ejerzan la
autoridad con servicio en todos los campos:
sociales, políticos, económicos, culturales, religiosos, estudiantiles,
sanitarios…
- Una Iglesia sencilla y corresponsable: “Esto es lo que
Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago. Es mi deber, me sale del corazón y
amo hacerlo”.”Tus cinco panes y dos peces”, cosa de pocos para muchos, ahí está
el misterio de la Iglesia. La grandeza del misterio de lo comunitario y del
verdadero compromiso no está en dar mucho o poco, no está tanto en el saber,
tener o poder, sino en el querer, en el darse, en la vida. “Esta viejecita ha
echado más que nadie, porque ha echado de lo que tenía para vivir” Mc 12,44.
Estar desde el corazón, desde lo profundo, atento, sensible, dándose,
facilitando… porque el amor es servicial.
- Una Iglesia de la comunidad y la fraternidad: “Acoger con afecto
y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles,
los más pequeños”. “Lo tenían todo en común” Hech 4,32. Los hechos nos
presentan cómo los primeros seguidores de Jesús tenían claro que la fe era comunitaria. Una
comunidad abierta al mundo: “Id por todo el mundo” Mc 16,15. El propio Jesús
parte de un grupo de vida: “Los llamó para que estuvieran con Él y para
enviarlos” Mc 3,14. Comunidad y misión en el mundo. Jesús convive en comunidad viva y profunda con sus
apóstoles y discípulos más cercanos; toda su vida quiere ser levadura y grano
de mostaza en medio del mundo para sembrar y hacer crecer la masa con la
fraternidad del reino. “Los pobres son los destinatarios privilegiados del
Evangelio y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es el signo del
reino que Jesús vino a traer. Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable
entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos” EG, 48.
- Una Iglesia encarnada: “El preocuparse, el custodiar,
requiere bondad, pide ser vivido con ternura”. Nada más lejos del Evangelio que huir de la
vida, la historia, la humanidad. Encarnarse, meterse en el mundo, como la
levadura en la masa, como la sal en el guiso, como el grano de trigo en la
tierra, todo para darse y entregarse,
para hacer el mundo según Dios. En
Jesús, el creador se ha hecho
creatura y nada ni nadie de este mundo
le es extraño a su carne ni a su espíritu.
- Una Iglesia universal desde los últimos: “Que la unción
llegue a todos, incluso a las “periferias”, donde nuestro pueblo fiel más lo
espera y valora”- Jesús nos invita a
pensar y sentir desde la universalidad que se ejerce cuando nos acercamos a los
últimos y los pequeños, ellos nos dan la media de la universalidad y de la
voluntad salvífica del Padre.
- Una Iglesia de Cristo: “Podemos caminar todo lo que
queramos, podemos edificar tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, la
cosa no funciona”. No hay duda, la
Iglesia no puede ser sin Cristo: “Sin Él, no podemos hacer nada” Jn 15,5.
Ø Una Iglesia que
confía en El: “Si esto hace con los lirios y con los pájaros qué no hará por vosotros,
hombres de poca fe” Mt 6,28.
Ø Una Iglesia que
hace lo que Jesús ha aprendido del Padre: “Hace salir el sol sobre buenos y
malos”, acoge al hijo pródigo, lo perdona todo, sale a la búsqueda de lo
perdido, sana, arriesga, entrega.
Ø Una Iglesia que lee
de modo creyente la historia: Este quehacer y sentir no se improvisa, sólo
puede venir dado si se nace de lo alto:
“Tienes que nacer del agua y del espíritu” Jn 3,5.
Ø Una Iglesia con
horizonte definido: Para llegar a la identidad con Cristo, podemos decir con
Pablo: “Ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí Gal 2,20. “Que sean
uno Padre, como tú y yo somos uno para que el mundo crea que tú me has enviado”
Jn 17,21.
LAS ACTITUDES DEL DISCÍPULO MISIONERO
- DISCÍPULO ANTES QUE APOSTOL “Para que estuvieran con Él
y para enviarlos a predicar Mc 3,14-15a:
El enviado por Cristo es previamente discípulo, seguidor, imitador,
compañero y amigo del Maestro, identificado con Él en el pensar y en el vivir.
“Para la Iglesia el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de
vida auténticamente cristiana, entregada a Dios en una comunión que nada debe
interrumpir y a la vez consagrada igualmente al prójimo con un celo sin
límites. El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio
que a los que enseñan, o si escuchan a los que enseñan, es porque dan
testimonio. Será sobre todo mediante su
conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir,
mediante un testimonio vivido de fidelidad a Jesucristo, de pobreza y despego
de los bienes materiales, de libertad
frente a los poderes de este mundo, en una palabra de santidad”. ¿Vivimos
conscientemente el Evangelio o hemos hecho de la fe una cuestión rutinaria de nuestra
existencia?. La cuestión es si verdaderamente el centro de nuestra vida es
Cristo. Por eso es tan importante que la protectora, impulsora y modelo de
nuestra misión sea santa Teresa. ¿Cómo ser Santos? Tres caminos imprescindibles.
-
UNA VIDA DE ORACIÓN INTENSA
La oración es la base de una relación de amistad con el Maestro. Sin
orar ni podemos conocerle ni es posible el proceso de transformación que Él
quiere realizar en nosotros. El mismo Jesús dedicaba largos tiempos a la
relación con su Padre. En la oración nos abrimos a la acción del Espíritu, que
es el verdadero protagonista de la misión. Es Él quien nos infunde la fuerza
para anunciar la alegría del Evangelio con pasión, con valentía, con ingenio,
con parresía. El Espíritu es quien prepara el corazón de aquellos a quienes nos
dirigimos con nuestro anuncio y quien hace posible su respuesta. Es muy
importante la oración de intercesión por aquellos a los que vamos a
evangelizar. La oración de intercesión tiene una fuerza poderosa porque Dios se complace en que oremos por los
hermanos.
“La fe nace y se robustece en nosotros gracias a los sacramentos sobre
todo los de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía, que son complementarios e inseparables. Esta verdad…se encuentra
quizá desatendida en la vida de fe de no pocos cristianos, para los que estos
son gestos del pasado, pero sin repercusión real en la actualidad, como raíces
sin savia vital.
Cada vez que celebramos la Eucaristía
recibimos el Espíritu Santo que nos une más profundamente a Cristo y nos
trasforma en Él.
- ACOMPAÑAMIENTO
ESPIRITUAL FRECUENTE
“La propia experiencia de dejarnos acompañar y curar, capaces de
expresar con total sinceridad nuestra vida ante quien nos acompaña, nos enseña
a ser pacientes y compasivos con los demás y nos capacita para encontrar las
maneras de despertar su confianza, su apertura y su disposición para crecer” EG
172.
v ¿CÓMO ES UN DISCÍPULO MISIONERO?
1. MIRA HACIA
ADELANTE CON ESPERANZA, ALEGRÍA Y CONFIANZA
En la causa del Reino, no hay tiempo para mirar hacia atrás, y menos
para dejarse llevar por el pesimismo, la desesperanza o el fatalismo. Dice el
Papa Francisco: “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la
audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas y quejosos
y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de
antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió
de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa
conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse
vencidos y, recordar lo que el Señor dijo a san Pablo. “Te basta mi gracia,
porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad” 2 Co 12,9. El triunfo cristiano
es siempre cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que
se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de
la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la
cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” EG 85.
Una de las dificultades en la transmisión del Evangelio es que los
cristianos no conseguimos transparentar ante los demás el gozo de la fe, y la
vivimos más como una “tradición” o un “deber”.
2. ESTÁ SIEMPRE
DISPUESTO A SALIR DE SUS SEGURIDADES
La Iglesia es una comunidad de discípulos convocada por el Señor, cuya
finalidad consiste en llevar el anuncio de salvación del Evangelio hasta los
extremos más remotos de la tierra, llegando a los hombres y mujeres de cada
lugar y de tiempo. Los “pueblos” a los que hemos sido enviados no son sólo los
diversos países del mundo, sino también los diferentes ámbitos de la vida: las
familias, los barrios, los ambientes de estudio o trabajo, los grupos de amigos
y los lugares de ocio. Por eso debemos estar dispuestos a salir de la propia
comodidad y atrevernos a llegar a todos. “Salir a todos, en todos los lugares,
en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco, sin miedo” EG, 23. Nos dice el
Papa: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo… prefiero una Iglesia accidentada, herida
y manchada por salir a la calles,
antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las
propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que
termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe
inquietarnos santamente y preocupar
nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz
el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los
contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a
equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa
contención, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera
hay una multitud hambrienta y Jesús
repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!” Mc 6,37. EG 49.
Un discípulo misionero vive de la alegría de anunciar la Buena Noticia.
Nosotros somos invitados a redescubrir la alegría de la Evangelización. Una
alegría que se expresa en fiesta y la celebración de cada pequeña victoria,
cada paso adelante, cada hermano que vuelve a casa. Una alegría que se vuelve
belleza en la liturgia.
3. SABE QUE NO VA
SOLO: EVANGELIZA LA IGLESIA Y CON ELLA JESUCRISTO
Para un discípulo misionero la fraternidad es imprescindible. El
testimonio de una vida fraterna cordial y sincera es una fuerza capaz de abrir
los corazones a la fe. “Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de
relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística,
contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe
descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la
convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor
divino para buscar la felicidad de los
demás como la busca su Padre bueno. Precisamente en esta época, y también allí
donde son un “pequeño rebaño” Lc 12,32, los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal
de la tierra, luz del mundo. Son llamados
a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No
nos dejemos robar la comunidad!” EG 92.
P. Javier del Valle O.P.